La dilatada gira misionera por las zonas 12-1 y 5-1 de esta enorme
parroquia de san Martin de Porres en Nueva Guinea ha durado 15 días
completitos. Durante ellos se cumplió mi primer añito de estancia en este
Nicaribe ardiente y complejo. Desde que llegara el 18 de abril del año pasado,
mucho he recorrido los polvorientos caminos de la RAAS y la RAAN, pero no había
estado como esta vez dos semanas completitas en las comunidades del interior de
la montaña. Realmente es cambiar completamente el chip. Sales de la época y del
lugar. Otro mundo de película donde el machete, el capote, las cuerdas, las
botas de seguridad y las mulas son imprescindibles y el móvil, el espejo, la
tele, la nevera, la cocina de gas o el coche son ciencia ficción.
El ritmo, el de la luz solar; los peajes, las lodosas pasadas de los
muchísimos y bellísimos ríos como el Punta Gorda, El Aguas Zarcas, el
Piedrafina, el Pijibay, el Caracol, El Aguas Frías, etc.; Una zona gigante y
abrupta, llena de trepadas de vértigo y descensos de guindos casi verticales,
donde la mula es la única que sabe dónde poner sus patas y a qué ritmo. Los cerros son hermosos, y el bosque-jungla tropical
del sureste húmedo caribeño te envuelve con su algarabía de pájaros y aves chillonas
y monos como congos y micos cara rojas, que rugen como leones, sobre todo al
amanecer, confundidos con el puma y el jaguar, que no se dejan ver por miedo al
avance del predador más temido, a saber, el de dos patas, que se va comiendo
sus casas a tiro de escopeta y sierra eléctrica.
Quince días, quince comunidades distintas; cientos de gestos de
acogida, que tras las largas horas de sufrimiento sobre la bestia te saltan las
lágrimas con miles de detalles, como un vaso de fresco de frutas recién
exprimidas, un balde de agua para refrescar, traído con esfuerzo en las manos
desde el río, e infinitas palabras de sincera bienvenida admirada y cariñosa,
porque el hermano gringo ha llegado con bien. Son muchas las veces que no puedo
contener las lágrimas de admiración, agradecimiento y también de impotencia
ante un entorno que no es el mío, pero me va envolviendo.
Quince reuniones con equipos de sencillos pero ilusionados e intrépidos
y esforzados miembros activos de nuestra Madre Iglesia, que se baten el cobre
como nadie por la buena noticia de Jesús, en medio de la nada, la miseria, el
lodo y el abandono del resto del mundo, incluidas sus propias autoridades. 101
bautismos (algunos de adultos), 7 bodas, infinitas comuniones de las que perdí
la cuenta, quince misas gozosas (dos campales como en Mozambique) y siempre al
ritmo de las guitarras, los requintos y los guitarrones graves y rítmicos.
Cientos de kilómetros que me van haciendo un poco menos torpe como jinete y
muchas situaciones de dolor y violencia que me traigo en el corazón (para
llorarlas y orarlas cuando la noche tropical y sus habitantes incordiosos no me
dejan dormir) y en la libreta y la mente para tratarlas con el equipo
parroquial, la policía, la alcaldía y quien haga falta. Todo está por hacer:
caminos, agua, escuelas, seguridad, sanidad,… Los católicos-as hacen y
organizan como nadie, a pesar del avance de las sectas evangélicas y sus
paranoias fundamentalistas sobre el fin del mundo y la condenación, que
enfrentan con aleluyas y hablas en lenguas irreconocibles.
Muchos días el mal humor por mi propia incapacidad para afrontar un
entorno tan hostil me hace renegar y ser grosero. Mas, en medio de mi
malagradecimiento, encuentro sorpresas como Amparo y Amparo.
Amparo Zamora Jirón. Padre, Esposo, Abuelo, 44 años, campesino,
excombatiente (como casi todo el mundo) y líder natural pero humilde de
nuestras comunidades. Compartí los últimos 8 días con él. Lleva los últimos
cinco años como coordinador zonal de la 5-1, una de las zonas más difíciles de
la parroquia. Su trabajo de mediación y liderazgo ha sido y es fundamental.
Conmigo un bordón sin el que no hubiera resistido los últimos días. Mil
detalles de este hombre bueno y dócil al Espíritu Santo. Siempre amable y
atento. Montados, siempre al lado mío por cualquier cosa. Me abruma que me
compre cosas él a mí por el camino. Pero no le puedo despreciar. Siempre atento
a decirle con discreción a las comunidades cuando llegamos a cada una, lo que
sabe que necesito sin que me dé cuenta para no hacerme sentir incomodo. Mil
ojos que me protegen en todo momento a costa de sí mismo. Realmente todo un
Amparo para mi camino. Con los miembros de las comunidades, todo un padre firme
y comprensivo. Dice lo que tiene que decir pero sin abroncar, todo un ejemplo.
Juntos cabalgamos, cantamos, reímos, lloramos, separamos peleas, rezamos,
dormimos, comemos, bañamos, lavamos, mediamos conflictos y malentendidos,
recogemos y compartimos información y análisis para seguir la tarea.
El Amparo mayor estaba por llegar. El último día, ya agotado conocí
mi otra Amparo. Amparito, “la niña”. 39 años, todos ellos postrada en una cama
de tijera (una lona enganchada en una estructura de palo que se cruza como una
silla plegable), discapacidad múltiple severa, hija, hermana, nieta, tía y
miembro activo y orante de la comunidad de San Francisco de Aguas Frías. Tras
una cabalgada de casi tres horas, llegamos a su humilde casa de madera con la
comunión reservada del día anterior. ¡Qué fiesta al recibirnos! La boca
desdentada se le lleno de risas sinceras y sonoras y la lengua de cantares de
ritmo tardo pero firme. Sus ojos brillaban al recibir el Pan de la Vida, que
solo recibe dos veces al año cuando alguno de los padrecitos pasamos por allí.
Al salir y volver a montar el excelente macho que me dieron ese día me remordía
la conciencia de quejarme tanto. Con ese Amparo, pura presencia sacramental del
Dios sufriente y de los pobres, nada temo y de nada tengo que quejarme.
Al amparo del altísimo no temo el espanto nocturno….