Las primeras veces que empecé a salir de giras misioneras por las vastas zonas de nuestra enorme y malamañada parroquia me sentía muy inútil e inseguro en muchas facetas distintas. Una de ellas era, por supuesto, la de montar esos excelentes medios de transporte que son las bestias mulares, sin las que la misión en esta zona del mundo sería literalmente imposible.
Recuerdo que por allá en febrero, en una de las primeras salidas que hacía, iba de la colonia Puerto Príncipe (una de las futuras parroquias en las que vamos a dividir la actual organización) hacia la comarca 19 de julio, donde está nuestra comunidad de Salvadorita, con su humilde capillita de madera sobre tambo, donde duermo dos noches al año alumbrado por la luna que se cuela por las rendijas de las tablas en el frío heladito de la mestiza montaña campesina. Gracias a Dios, el desarrollo va llegando lentamente a estas zonas olvidadas y hoy ya hay una carreterita de piedras y balastre, por la que entra y sale una vez al día una pick-up que transporta por 1 dólar el trayecto a la gente. Pero cuando yo llegué la primera vez, todavía no estaba. Y montamos, hermana Joelma y yo, nuestras mulitas y empezamos a atravesar fincas de maíz, frijoles, yuca, quequisque y pastos para el ganado. De finca en finca, por las pasaditas lodosas que se ahondan por las incesantes pisadas de vacas y mulas, se encuentran incontables puertas, de golpe o de alambre. Las de golpe se llaman así, porque están hechas de pesados tablones sobre un gozne lateral que hay que empujar o jalar, según vayas o vengas, sin bajarte de la bestia, alongando todo el cuerpo para poder alcanzarla, y que golpean ruidosamente al volver a su posición. Las de alambre, que son lo que se usa mayoritariamente para dividir unas parcelas de otras, son tres palos verticales con cuatro o cinco alambres perpendiculares a los palos con un enganche de alambre al poste lateral y clavado al suelo, que hay que desenganchar y atravesar montados sin soltarlo para volverlo a colocar al pasar. Era yo tan inútil, que esas operaciones de abrir y cerrar las puertas para poder pasar, no sabía hacerlo, con la vergüenza que te da que te vean que no sabes y te lo tengan que hacer. En esos momentos yo pensaba: “pero a quién se le ocurre ponerle puertas al campo…”
Con ese recuerdo hago esta reflexión, evocando ese dicho de “no ponerle puertas al campo”, que es, como bien se sabe, una frase coloquial usada para dar a entender la imposibilidad de poner límites a lo que no los admite. Esas puertas que pueblan el medio rural de este campesino, húmedo y tropical sureste nicaribeño tienen su razón de ser, que es evitar que los animales de unos finqueros estropeen la finca de los otros vecinos, pero hay otras puertas que no se mantienen y que aunque se quieran poner están en vías de ser derribadas. Este año de 2013, en toda nuestra provincia eclesiástica de Nicaragua, estamos viviendo el año del servicio y la caridad como última etapa del trienio de preparación al jubileo por los cien años de existencia de la provincia y del Vicariato Apostólico de Bluefields, el próximo 2 diciembre. Gracias a este año tan importante muchas cosas están avanzando en el fortalecimiento de la dimensión caritativa y social de nuestra actividad evangelizadora, haciendo saltar por los aires esas puertas que no se le pueden poner al campo de la vida transformado en Reino de Dios, como ya saltó mi inutilidad para abrir las de golpe al cabalgar en las giras.
No se puede detener ni se detiene, la escolarización de nuestros abandonados niños-as en sus remotos ranchitos del interior aislado de Zelaya Central, y por eso la pastoral educativa de nuestra iglesia sigue apostando duro por mantener abiertas escuelas del Vicariato en donde el MINED (ministerio de educación nicaragüense) no puede o no sabe o no quiere llegar, dando mayores oportunidades a uno de los pueblos más abandonados de la tierra; no se puede detener ni se detiene, la predicación de la Palabra de Dios que hace renacer hombres menos alcoholizados y violentos, generando reconciliación y humanización en el interior de unas familias tan machacadas por el machismo y la violencia intrafamiliar; no se puede detener ni se detiene la pastoral de la mujer, que trabaja ese valor tan importante en el grupo discipular de Jesús como era la igualdad en la misión entre varones y mujeres, reduciendo el maltrato y el abuso a niñas y adolescentes, haciéndoles vivir sus legítimos derechos; no se puede detener ni se detiene la atención incansable a enfermos, ancianos y personas discapacitadas sin recurso alguno, visitándoles en sus casas, que no es un paseo, sino a veces, una aventura peligrosa, en la que tienes que cruzar ríos por apenas un estrecho palito liso y resbaladizo, similar a un alambre de equilibrista, situado a varios metros sobre el cauce pedregoso de una brava correntada de agua; no se puede detener ni se detiene el aumento de la responsabilidad e implicación de una juventud ingente (en Nicaragua, el 49% de la población es menos de 18 años) en la gestión de su comunidad y en actividades de servicio. Hay comités sociales de nuestra parroquia (grupos de caritas) que se están consolidando o formando a base de jóvenes. El I Taller de Pastoral Social de nuestra parroquia, en julio pasado ha sido una de las actividades más participadas de todo el año, con alrededor de 200 agentes de pastoral, muchos de ellos integrándose por primera vez al trabajo en la iglesia, llamados por la dimensión del servicio a los más necesitados. Nuestro enorme Consejo Pastoral Parroquial de alrededor de 50 componentes, es cada vez más joven y femenino. El 30% de sus integrantes es más joven que yo, o sea tiene menos de 35 años. No se pude detener ni se detiene la educación integral desde el Evangelio de nuestros niños-as y adolescentes en esa inmensa tarea que es la Infancia y Adolescencia Misionera (IAM) con sus grupos de trigo verde (6-9 años) y trigo maduro (11-14) y que da tantos frutos en laicos-as, religiosos-as y sacerdotes a nuestro mundo y nuestra iglesia. El fin de semana pasado, celebrábamos el IV Congreso parroquial de IAM, con más de 300 participantes de 90 comunidades entre asesores-as y niños-as. Toda una fiesta de la promoción de la vida en una cultura de muerte que deja asesinados a diario.
No se puede poner puertas al campo, no se puede, porque Jesucristo, el Dios de la Vida, está con nosotros, está con los pobres, y Él es la Puerta, una puerta que permanece abierta y no cierra. El Reino de Dios está en marcha. Un nuevo Reino está surgiendo, un nuevo Reino está naciendo, un nuevo Reino está amaneciendo, entre las ruinas de un viejo imperio. Y es un Reino de Amor, es un Reino de Paz, es un Reino de Justicia y Libertad, donde reinará la paz, donde reinará el amor, donde reina el Rey de reyes de verdad.