Manresa, 20 de enero de 2015.
Los árboles del maltratado bosque tropical de la montaña
nuevoguineana, a pesar de todo, tienen una explosión colorida cada uno en su
época correspondiente. Una de las cosas que más me ha embelesado en estos dos
años de recorrer en bestia mular los caminitos selváticos y ganaderos del
sureste nicaribeño es la vegetación. El amarillo intenso y vivo de los palos de
Cortés; El naranja fogoso pero dulzón de las Llamas del bosque; la alfombra
rosa fucsia, primero en las ramas y después en el suelo, de los palos de pera;
etc.
De la misma manera, los árboles de las vidas de l@s jóvenes y
adolescentes que pueblan los grupos de la pastoral juvenil vocacional misionera
de la parroquia San Martín de Porres en Nueva Guinea, a pesar de tener bastante
maltrato también son una explosión de colores: el rojo pasión de la generosidad
para la respuesta a Jesús, el violeta del sacrificio y el trabajo por y para la
familia en condiciones difíciles e incómodas, el verde esperanzado de la
alegría de vivir y compartir lo que son y tienen, etc.
Ya desde este tiempo distinto de reflexión en esta gélida Manresa,
hoy se me vino a la cabeza, pensando en mi propia experiencia de vida a la luz
de la del peregrino Ignacio, una imagen de lo vivido en Nueva Guinea. Imagen
que corresponde a una vivencia, quizás una de las más consoladoras de mi paso
por aquella amada parroquia.
Era agosto del pasado 2014. Recién llegado de las vacaciones tocaba
preparar el retiro anual para jóvenes. Nos costó idear cómo hacerlo. Echamos
una mañana hermanita Rosa, hermanita Damaris y mi persona. No queríamos dar un
taller a base de temas. Queríamos ofrecer espacio de silencio para el encuentro
con Dios. Apostamos por la capacidad de los jóvenes para hacerlo y…. ¡bingo!
Dedicamos el primer día a ofrecerles en grupitos más reducidos
espacios de silencio guiados y acompañados de metodología y la Palabra de Dios.
Yo trabajé con unos veinte. Me sobrecogieron. Al pintar su autobiografía como
árboles, casi tod@s lloraron de emoción y se abandonaron en un respetuoso
silencio en las manos de Dios. Con un silencio y una capacidad que raras veces
l@s adult@s tenemos.
Al pensar hoy en la vida que Diosito ha ido infundiendo en el propio
árbol que soy yo, les recordé a ell@s, y lo gozoso que fue para Rosa, Damaris y
yo mismo, el acompañar aquel momento. Y me quedé meditando en un silencio
agradecido como la mejor manera de encontrarlo a Él, que siempre nos busca
apasionadamente.