El día de nochebuena en la misa del
Gallo, Tarsicio, que estaba presidiendo, en el momento de orar el Padrenuestro,
invitó a que nos diéramos todos-as las manos. Yo estaba a su derecha en el
altar y me tocó agarrar su mano derecha. Una mano temblorosa, sostenida por un
brazo con la mínima masa muscular. Mientras orábamos así, con las manos
agarradas, pensaba en esa mano que sostenía la mía. Una mano que ha pasado gran
parte de su vida en esta Nicaragua sufriente, viviendo al lado de los pobres y
como los pobres. El resultado de cómo está ahora es consecuencia de ello. Se
debe a una infección por el virus del Nilo occidental, transmitido por los
mosquitos que le paralizó la mitad del cuerpo hace unos años. Muchos en su
lugar se habrían vuelto definitivamente a España pensando en sí mismos, pero
Tarsicio no. Él sólo pasó lo mínimo para recuperarse y volver al surco de la
vida en esta Centroamérica que él ama. Ese es el tipo de gigantes con quien
tengo el privilegio de aprender cómo vivir, cómo servir, cómo amar.
Desde que volviera el pasado día 18 de
diciembre a esta Costa Caribe, muchas manos han pasado ya por las mías. Todas
ellas benditas. Todas ellas mucho más marcadas por el trabajo que las mías. Me
da vergüenza cuando me dicen, “¡qué manos tan suaves, padre!”, pues hasta las
de muchos niños-as ya llevan la señal de las herramientas de trabajo. Por eso
quiero rozarme con ellos para no olvidar que la mayoría de la gente está
marcada desde pequeña como lo estuvo Jesús. Pienso en las manos negras del
betún de los chavalos lustradores de botas de Bluefields, las manos ajadas de
tantas chavalas jovencitas que empuñan sachos, escobas, machetes, … o que las
tienen horas metidas en agua y jabón para la ropa, las manos curtidas de los
viejitos, las de los pipitos y chigüines que suben en masa al altar en el
momento de la paz con las dos juntas pidiendo “el santito” (la bendición);
manos, manos, manos… blancas y negras, indias y mestizas que siempre te saludan
al entrar o al salir en cada sitio o al encontrarse contigo por la calle.
Bendícelas tú, padrebueno, y ayúdame a
marcar las suyas con las mías.


