domingo, 1 de julio de 2012

La Mosquitia...

Bilwi/Puerto de Cabezas, 1 de julio de 2012.
Querid@s tod@s, mientras escribo esta entrada de hoy, la selección española de fútbol está ganando su segunda Eurocopa consecutiva, con un mundial por el medio, pero aquí en esta costa caribeña de Nicaragua, eso es intrascendente. La gente no está consciente de eso, aunque nos parezca mentira. De hecho, el fútbol no es aquí el deporte rey, que lo es el béisbol, o simplemente “beis”, como dicen aquí. Sin embargo, aquí se ganan otros campeonatos menos mediáticos pero más importantes como los de los valores familiares o la lucha en el día a día por la vida.



Hace justo una semana, a esta misma hora, tras nueve horas de pegar tumbos en una vieja guagua destartalada por una carretera principal, que en nuestra tierra no sería ni camino vecinal, llegaba de Mina Rosita a esta ciudad caribeña que es la capital de la RAAN. Los últimos kilómetros después de cruzar el río Wa wa boom en barcaza son muy llanos, de tierra bermeja y poblados de hermosos pinares. Al fondo ya despunta abierto y multicolor el otro lado de nuestro amado atlántico en su cálida versión caribeña. Playas, pinos y tierras rojas, son algo muy canarión, pero sigue uno en la costa Caribe.
En la lengua aborigen sumu-mayagna la ciudad se llama Bilwi, aunque así no le gusta llamarla a los mestizos de habla española venidos del Pacífico. Ellos la llaman Puerto Cabezas, en honor al militar que la incorporó a Nicaragua hace poco tiempo, a comienzos del siglo XX. Hasta entonces esto era protectorado británico. Lo más que predomina es la población miskita. Sin hablar su lengua, me siento un poco incómodo, pero aprenderé. El obispo auxiliar, Mons. David Zwyec, gringo de origen polaco (a quien por fin conocí), lo habla perfectamente y me da una envidia sana.
Aquí he estado compartiendo la fiesta patronal en honor a san Pedro con los dos curas de aquí, el miskito Nilo, y el mestizo Bayardo. Han sido días muy movidos con muchas cosas, como un minicongreso eucarístico y un gran baño indigenista (en la gente misma y en el río Twapí). También ha habido tiempo para conocer algunas comunidades, algo de la ciudad que es muy insegura y con mucho corte de fluido eléctrico, y como siempre estar sumergido en los muchísimos jóvenes que pueblan aquí la iglesia. Es un gozo vivir esta iglesia joven e india, hambrienta de cariño. De formación, de referencias, de espiritualidad y de enamorarse más y más de Jesús, el joven “indio” palestino. ¿Sabrán ellos que yo recibo mucho más de lo que doy?
Tinki Honi! (gracias, Dios).

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