sábado, 21 de julio de 2012

Cuando creo que he llegado al confín de los confines, siempre hay otro confín más…


Waspam, 21 de julio de 2012
Querid@s amig@s, hace exactamente 20 días que no había escrito entrada para el blog. Esto ha sido debido a que mi larga gira de conocimiento inicial de la realidad de esta Costa Caribe de Nicaragua, en la que ya he cumplido tres meses, ha llegado a sus puntos más remotos y también a su fin. Cuando escribo esto, ya estoy volviendo sobre mis pasos y desandando los polvorientos caminos de la RAAN para volver a Bluefields, vía Managua donde, Dios primero, obtendré mi cédula de residente en Nicaragua el día de Santiago próximo.
Desde Puerto Cabezas/Bilwi, me vine en ruta terrestre para Waspam. Ésta es una pequeña y apacible localidad a orillas del majestuoso Wangki awalka (el río Coco). A pesar de ser pequeña (no llega a 10.000 habitantes), la ciudad es la cabecera municipal de un vastísimo municipio que abarca desde el Caribe en Cabo Gracias a Dios hasta las fuentes del Wangki ya fuera de la RAAN en el departamento de Jinotega. Y es la capital de la nación miskitu. Es un pueblo arraigado en sus costumbres, su lengua, su fe cristiana, etc. Morenos de piel, ojos y pelo, fuertes ellos y ellas, alegres, vivos y luchador@s. Y también, bastante empobrecid@s y marginad@s del resto de Nicaragua. En Waspam permanecí una semana y conocí a los padres miskitus, Floriano, Elvis y Rodolfo. Junto con Cristóbal, a quien conocí en Bonanza, Roger que lo miré en Bluefields y Nilo con quien estuve en Bilwi, son las vocaciones nativas de la mosquitia. Todos de esta parroquia de san Rafael Arcángel en Waspam. La que más vocaciones ha dado al Vicariato hasta la fecha.
El Wangki es el símbolo de la vida que fluye de este pueblo indígena-campesino. Cuando los sandinistas arrasaron sus localidades y los deportaron en los años 80, sólo anhelaban volver a bañarse en él y beber sus aguas que fue lo primero que hicieron al acabar la guerra y volver a reconstruir sus casas. Cosa que han tenido que hacer varias veces más, porque es plena zona de influencia de huracanes. El Mitch los volvió a destruir en 1998 y el Félix en 2007. Pueblo sufridor, que une su muerte a la cruz del Cristo pobre a quien adoran con toda su alma, y que en Él resucita una y otra vez. Es un río hermoso que he tenido la suerte de recorrer hacia arriba (en dirección al Pacífico) hasta la nueva parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en La Esperanza (o Palo Yumpa, en miskitu). Cuando llegas de Managua a Rosita, piensas: ya está, esto es remoto. Cuando vas de Rosita a Bilwi, dices: Ya llegué al Caribe. Llegas a Waspam y dices: ahora sí, la misión (lengua extranjera, indígenas, pobreza, falta de conectividad,…) Pero, ¡qué va! Te montas en un pequeño bote de madera, que llaman “bató” con un motor de 40 caballos, cargado de gente y mercancías, y navegas entre Honduras y Nicaragua, siete horas río arriba sin apenas poder menear el culete. Es como si llegaras a otro país. Y eso está muy bien, porque la gente como navega en realidad es en balsas de bambú o en botes a remo. Esas siete horas para algunos son días.
Y digo que es como si llegaras a otro país, no porque pongas pie en la orilla hondureña, que lo he hecho, sino porque en La Esperanza hay una enésima Nicaragua de las que ya he visto. Es una población dispersa de unas 3000 o 4000 personas, llena de niño@s y jóvenes que no hablan español ni lo entienden, porque la escolarización es nefasta. No hay energía eléctrica (salvo algunos paneles solares que financió la cooperación al desarrollo española), ni coches ni carreteras (¿para qué?) La carretera es el río, todo es de césped y árboles, ni agua corriente, ni nada de nada. Por supuesto la vida es de barro y riachuelos, donde las mujeres lavan todo el día. Sembrados de arroz, frijol, millo y yuca. Y las vacas, los cochinos, los caballos y las gallinas como jardineros naturales de los espacios públicos. Las casitas de madera y cinc, y el alumbrado nocturno las estrellas. En seguida te relajas, has salido del tiempo y del espacio y vas a otro ritmo (al de los insectos que no te dejan ni a sol ni a sombra, jijij y al de las tormentas que pueblan el día y la noche de hermosos relámpagos y profundos truenos que recuerdan que la tierra aún no es completamente del ser humano) Allí pasé otra semana muy gozosa, la verdad, con los nuevos misioneros eudistas de Colombia (Sergio y Luis) que llegaron en abril y están metiendo mucha vida en el inmenso trabajo a hacer, retomando el que ya habían hecho los capuchinos gringos antes de que los expulsaran en la guerra.

¿Ya es el confín de los confines? ¡Para nada! Más río arriba (otras tantas horas) y, también, por otro río que alimenta al Wangki (El Waspuk), Padre Luis tiene treinta y tantas comunidades más que atender. Precisamente yo fui con Sergio a tres del río Waspuk, a saber: Klisnak, Naranjal y Waspuktah. Hicimos noche en el Naranjal con la familia de Tránsito Smith, el delegado. Enterramos a un niñito, hicimos misas y bautizos y, sobre todo, intercambiamos con la gente. Estuve rato confesando sin saber lo que confesaba, porque ell@s me hablaban en miskitu y yo les absolvía en la lengua de Cervantes. ¿Ya el confín? Todavía no. Mientras tanto, Padre Luis, remontó el Waspuk hasta Murubila, Santa Rosa y Santa Clara, a una zona de minas, donde hay que navegar otras seis horas y andar cinco o más por el pleno barro bajo la lluvia. Una especie de Sodoma y Gomorra del oro, el alcohol y la droga, donde la gente acude como moscas y malviven tras el dios dinero. Cuando volvió bien cansado y preocupado, me dijo: Padre, tenía que haber venido para que viera lo que es misión. Más confines que te hacen preguntarte: ¿qué podré yo aportar aquí con todas mis debilidades? Menos mal que uno puede jugar con Kenia Lisette (la nieta de tres años de la señora que cocina), medio charlar con Javier, uno de los laicos activos, llevar la comunión a los enfermos, embarrándote pero acompañado de varias personas de la comunidad, aprender miskitu del acogedor viejito Alejandro, discutir y reír con los jóvenes como Marisol, Kelvin, Belki o Manuel, etc.
Hoy tras volver a bajar el río y llegar a Waspam, me di cuenta hasta qué punto había estado en otra dimensión y en otra época. Porque siendo un sitio pequeño y ya bastante remoto, el ver los coches, las calles pavimentadas y el ajetreo me aturdió unos instantes como cuando llegaba de mi Haría pacífica a mi amada Las Palmas y me preguntaba, ¿toda esta gente vive aquí y con este stress?   
¡Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios!

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