Madrid, 22 de
abril de 2015.
Tratando de ponerle nombre a este momento de mi vida, me vino a la
mente la película “Los puentes de Madison” en la que una excelente dirección de
fotografía tomaba como excusa la historia del romance entre los personajes que
encarnaban Meryl Streep y Clint Eastwood, para mostrarnos sosegadamente la
belleza de los puentes que surcan el Madison County en el estado de Iowa.
Muchos de mi generación llevamos la lenta sucesión de paisajes impresionantes
de aquella cinta en la cabeza. La excusa citada –la aventura entre Francesca y
Robert-, me lleva también a la realidad de las emociones que surgen en lo más
cotidiano de los encuentros y la incontrolable energía que generan en la vida
de l@s que van y l@s que están, de l@s que se quedan y hacen que otr@s vengan.
Conexión de suelos distintos, realidades que se intercambian para generar más
movimientos. Como apuntaba mi paisano Pedro Guerra: cuando
uno mueve su casa, la casa de otro se mueve. Mover puede ser abrir o puede ser
cerrar, puede ser trasladar o puede ser atrancar, puede ser construir o
derribar, puede ser… pero, en cualquier caso, mover siempre tiene que ser
cambiar.
Puente, como se llamaba
también la revista de mi Seminario Diocesano de Canarias de cuyo grupo redactor
formé parte por años. Para mí ser misionero es ser puente, Puente Atlántico,
como lo han sido y lo son mis pequeñas islitas, que aunque chica sea la patria, uno grande la sueña, como decía Rubén
Darío. Hace tres años ese puente se estableció entre Canarias y La Costa Caribe
de Nicaragua. Tres años de conocimiento, aprendizaje, compartir, sabiduría,
errores, amor, ternura, risas y llantos, encuentros, cotidianeidad, asombro,
seguimiento, lucha. Puentes como los muchos que surcan la difícil orografía del
territorio nuevoguineano donde me he movido mayormente. La primera vez que
recorrí las llamadas zonas 5/2 y 12/2 de mi querida parroquia san Martín de
Porres, esa fue una de las síntesis. “Esta es la zona de los puentes”, nos
dijimos hermanita Reyna y yo, que nos estrenábamos en aquellos lados. Se trata
de la zona situada entre la colonia Puerto Príncipe y el mar Caribe, atravesada
por el laberíntico entramado acuático de los muchos ríos y caños que dan con el
gran Punta Gorda, auténtica autopista fluvial de la zona. Llegar a un pequeño
bajo inundado y que haya un puente en medianas condiciones para pasar la bestia
y el ser humano, puede ser la diferencia entre llegar al sitio o quedar varado
como cetáceo en la orilla equivocada. Esos humildes y casi siempre
rudimentarios amasijos de maderas y hierros hacen que la meta sea posible y el
intercambio evangelizador se dé.
Igual que los
puentes de mi linda Guinea quiero ser yo. Punto e instrumento de conexión entre
suelos, personas, realidades y culturas diversas. Sólo en esa interculturalidad
en la que ninguna orilla es más importante que la otra se puede dar el
encuentro con lo Real. Lo Real para nosotros es Jesucristo, el Reino de Dios hecho
carne; y sólo ahí está el manantial de dónde puede brotar lo mejor de cada
sitio que su Buena Noticia del Padre misericordioso oculta y transluce en cada
célula de vida.
¿Y el puente? Ahí
está, feliz. Calladamente feliz de ser el suelo que pisan todas esas
vitalidades que se interconectan para sacar lo mejor de cada una y crear
posibilidades de ternura y compromiso. El Puente que soy yo, o mejor, en el que
yo he sido llamado a poner mi nombre, ahora se está construyendo hacia el punto
cardinal contrario, y surcará más tierra que agua. Los miles de kilómetros de
tierra que separan -tras los poco más de 100 km de agua que hay entre Canarias
y el continente africano- mi nacioncita isleña de la gran nación surafricana
que es Zambia. El puente tendrá que aprender a mirar, escuchar, oler, acariciar
y gustar las sensaciones de la cultura Kaonde, Luvale o Lunda, para poderlas
dar a conocer a la mezcla cosmopolita y
tricontinental que vive, ama, sufre y muere en las islas afortunadas. ¿La
aspiración? Que Jesucristo sea más conocido, amado, seguido a ambos lados, y
como consecuencia que la vida sea más justa, equitativa, feliz y humana para
todas las personas interconectadas de esta manera.
Miedo le da al
puente no poder absorberlo todo o verse desbordado por los estímulos que genera
realidad tan distinta con sus condicionantes propios. Por eso, al suave y con
paciencia deja que el carpintero de Nazaret apuntale los pilares con su Vida en
plenitud, esperando que como Felipe sirvió para que Samaría se llenara de alegría,
así también suceda en esos lares y en esas almas encarnadas, conectadas por el
Puente.
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