Liverpool, 3th May 2015.
Hoy me fui a misa a la Catedral
de Liverpool. Un impresionante edificio moderno de hormigón lavado que me
recuerda al edificio de Lomo Blanco del seminario de Canarias. Entre otras
muchas cosas, me llamó la atención una frase de la traducción inglesa del
evangelio de este 5° domingo de pascua que leyeron allí. Se trata de la que en
castellano decimos: “permanezcan en mi como yo permanezco en ustedes”. La
traducción que leyeron decía así en inglés: “make your home in me, as I make
mine in you”. Literalmente: “construyan su hogar en mí, como yo construyo el
mío en ustedes”. Lindo, ¿no? Nunca se me había pasado por la cabeza pensarlo
así. Permanecer en Jesús es construir el hogar de uno en Él, porque Él
construye el suyo en mí. Me resonó lo del hogar.
El hogar es donde te hacen las
lentejas como a ti te gusta que te las hagan, me escribieron hace poco. Y es
cierto, en caso de que en ese lugar haya lentejas, se las pueda cocinar y sepan
tus gustos. Muchas condiciones, ¿no? El hogar es algo difícil. Tan necesario
como prescindible. Las dos cosas a la vez. De esas cuestiones que se echan de
menos cuando no se tiene, no se está en él o se ha cambiado demasiadas veces
las valija de sitio. Yo no tengo de que quejarme, tengo muchos hogares y no
tengo ninguno, lo cual también es bueno para mí. Estos días que me estoy
adaptando a la britishlife aquí en
Liverpool, me resonó lo del hogar. Aún sin asentar del todo, viviendo de
prestado gracias a la amistad y con la incertidumbre de ser aceptado o no, me
resulta grandemente consolador que Jesús me llame a construir mi hogar en Él;
Él, que también fue un “sinhogar”, porque tenía muchos y no tenía ninguno. El hijo del hombre no tiene donde reclinar
la cabeza, decía el insensato, ¿o sería sensato? Saber. El caso es que
construir hogar en Él, me mueve.
Pienso en las tantas buenas
gentes que me han hecho las lentejas como a mí me gustan en tantos sitios y en
tantos tiempos, gracias al regalo de la misión y del ministerio de presbítero.
Inmerecido y emocionante. No tengo palabras para agradecer. Frasquita en Punta
Mujeres me decía: “ven pa’bajo que hay lentejas”; Daisy en La Concepción de
Piedra Fina, tras dos horas y resto de dura cabalgata por la montaña y con otras
dos por delante hasta San José de las Brisas de dura trepada, siempre me
invitaba en su humilde casita de madera: “deténganse a comer un arroz de leche
recién hecho”; mamaíta Ana cuando falta una semana para que yo llegue a su casa
de Schamann, atiborra los congeladores de potajes, albondigones, ensaladilla
rusa, flanes caseros, queques, etc. para mí. El hogar es lo definitivo, y sin
embargo sabemos que no tenemos aquí morada permanente.
Como san Ignacio hizo y
prescribió a los suyos para siempre, quiero seguir peregrinando con mil hogares
y ninguno, por todos aquellos que pierden su hogar, que nunca lo tuvieron y
nunca lo tendrán, que son arrancados de él con violencia o que no experimentan
ningún lugar como tal. Ellos, los nadies, los sinhogar del mundo y de toda
cultura son los favoritos de aquel que hace su hogar en cada uno/a de los
vivientes. Allí lo quiero buscar, naciendo y renaciendo cuantas veces haga
falta.
Estos días me siento extranjero,
emigrante, desconocido y con mil hogares y sin ninguno. Pero sé que “tu casa mi
casa será, será mi morada”.
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