Liverpool, May
25th, 2015.
De esta semana me quedo con algo muy cotidiano y normal en la vida
de cualquier persona y familia en cualquier lugar del mundo. Un padre cuidando
de sus hij@s pequeñ@s.
William es uno de mis profesores
de la academia Imagine English, donde
estoy recibiendo las clases de perfeccionamiento de lengua inglesa esta
temporada. Es un “muchacho” de mi edad muy enérgico y positivo. Alto, rubio y
sonriente, siempre nos recibe y despide a los dos alumnos que tiene (Saleh, de
Omán y mi persona) con un abrazo rompecostillas. Cosa que creo no es muy común
en l@s reservad@s británic@s.
Aparte de sus clases de inglés,
la evangelización desde su fe cristiana y una consulta propia de coaching para crecimiento personal, su
principal tarea es amar a su esposa Kathy y sus tres hij@s, aún chiquit@s. La
mayor tiene quince.
El jueves a última hora, Gary,
el coordinador de la academia, me chateó diciéndome que la clase del viernes
era en casa de William. Así de familiar. Liverpool es una ciudad de gente muy
llana y amigable, por cierto. Allá que me fui, pues, el viernes por la mañana a
una típica casa de las de por acá, casi a las puertas del estadio del Liverpool
FC en Anfield road. Nada más
recibirme en su casa me presentó a sus dos pequeñ@s: un chavalito de unos 7 u 8
años, muy bien portado, y su pequeña princesita de tres y medio, que me recordó
a mi ahijada Laurita María con su piel chelita, sus pelitos dorados y sus ojos
claros. Rápidamente me di cuenta que estábamos allí porque él debía cuidar de
ellos. Así de natural. Así de lindo. Y dimos nuestras tres horitas de clase en
el hogar de una familia normal y amigable con sus niños en pijama en el cuarto de al lado porque
ese día no tenían clase en la escuela. Tan lindo. Tan humano. Tan divino.
L@s chinij@s sentían curiosidad
por aquellos dos extraños que ocuparon su casa y a la vez tenían ansiedad por
tener a su papa para ell@s cuanto antes. La misma ansiedad de Dios por cada un@
de nosotr@s, sus pequeñ@s. Dios no es impasible, ni inmutable, ni inmóvil. No.
Él es alguien ansioso. Todo padre siente ansiedad por sus hij@s. ¡Cómo se
moriría su corazón inmensamente grande, cuando su Hijo gritó desgarrado y
aterrorizado su último aliento en la Cruz! Sus ansias por nosotr@s son como la
de l@s pequeñ@s de William, siempre está impaciente porque corramos a su
encuentro para abrazarnos con esos abrazos que te conquistan para siempre, como
los del padre de los dos hijos calaveras de la parábola de Lucas 15. No hace
falta saber lenguas para entender eso y gozarlo. Por eso el Espíritu hizo que
se entendieran todas aquellas personas en Jerusalén cuando los cobardes
discípulos por fin se dejaron guiar no por una idea inmóvil, sino por el
Tierno, el del viento que empuja y el fuego que arde.
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