Bluefields, 7 de agosto de 2012
Ya de vuelta completamente
y con mi cédula de residente en Nicaragua, las aguas de este río que es la vida
en Centroámerica se remansan junto a esta bahía blufileña a la que volví a
llegar por el majestuoso río Escondido, el pasado 27 de julio.
Aquí
me encontré con Carmelo y Yolanda y dos de sus hijos, Raquel y Rodrigo,
amigos-as y hermanos-as de Las Palmas, que están ocupando su merecido tiempo de
descanso, trabajando más y más: servicios de fisioterapia en hospital y a
domicilio, campamento con preadolescentes, capacitación para profesorado,
formación para catequistas, implicación en el proyecto con chavalos-as de la
calle “Ningún niño sin escuela” (al que han apoyado indeciblemente desde Gran Canaria)
que este pasado día 4 cumplía su primer aniversario y clases en el IPAC, la
formación teológica que el Vicariato imparte a los líderes comunitarios de toda
la costa cada mes de agosto.
Precisamente
esta mañana Yolanda comentaba que le había impresionado en la misa de
inauguración del IPAC (instituto de pastoral campesina) tantos “hombretones”
juntos en una iglesia. Efectivamente, casi 150 personas (la mayoría campesinos,
padres de familia) profundamente creyentes en un mundo mejor para ellos, sus familias
y toda la comunidad, de la mano del campesino de Nazaret y su Iglesia que aman
sobre todas las cosas y por la que dan más que nadie en servicio, tiempo y
dedicación.
Por
esa misma razón, paso yo también este mes aquí en el caótico Bluefields, en el
que me voy metiendo poco a poco. Yo también tendré alguna materia en IPAC,
además de seguir supliendo al padre Tony en la capilla católica de los negros
creoles, donde me siento como en África, porque, celebro esas misas en un
inglés que no creo que me entiendan, y yo a ellos, tampoco mucho. En fin.
El
sábado pasado como les decía se celebró un año de la apuesta que Isidoro,
contra viento y marea, puso en marcha. El proyecto “Ningún niño sin escuela”
trata de alfabetizar, dar de comer y aportar afecto y un espacio distinto a la
nube de chavalillos-as de 9 ó 10 años en adelante, que pululan día y noche,
viviendo, trabajando, comiendo, durmiendo… en las sucias calles de esta ciudad
tan mal cuidada. En ellas abunda la violencia, la droga, el alcohol y la
pillería. Dejarlos que te abracen con la misma camisa sudada de varios días o
semanas es recordar lo que Isidoro nos decía siendo seminaristas, “quien no ha
olido la pobreza no sabe lo que son los pobres”… ni sabe dónde está dios, digo
yo. Siento impotencia y rabia, y muchos días deseos de salir corriendo. Pero
estar ahí con ellos le da sentido a la vida y me ayuda a conocer a otras
personas que están implicadas en el proyecto como la creol profe Yésica, o el
profe César, voluntarios en el proyecto y miembros de la juventud franciscana
de la parroquia, entre otras cosas.
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